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Publicaciones Recientes

y tantos otros títulos que no caben en un título; de hecho éste ya se está haciendo largo ...


"¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?"


" ... Sufriendo como sufro del lenguaje directo del león ..."


César Vallejo



Debe de ser el fin del mundo

Pues tras los cristales oscuros de la noche

No amenaza fantasma o demonio o pasado alguno

Y tras las palabras sólo hay silencio


El límite abismal de cada una de ellas

Es el hueco mudo que siempre viene detrás


Una palabra

Un silencio


Una palabra

Un silencio


Una palabra

---


No debe ser poeta

quien escribe sobre una nota

en un dispositivo de los de

"apaguen sus dispositivos

o mejor pónganlos en silencio"


Y de ahí la ausencia


Los poetas escriben con pluma de Ganso del Nilo

Sobre papiro del Sudán

Y no hay dónde encontrarle el modo avión


Y el papiro vuela, crece y se reproduce

Y sus doradas palabras riegan el mundo

Con una lluvia fértil


En mi estado intermedio, algo previo, me digo:


- Añadir nota

Y vivir el sigilo creciente


- Aceptar el trasvase

Del yo al silencio


Cada vez menos yo

Cada vez más silencio


Y en el tránsito

Gozar

El chisporroteo alegre y desentendido de la vida




¿Más poesía?

Ve a nuestra sección de 'Versos Sueltos'.







Updated: Feb 5, 2022


Las Naves del Español, Sala Fernando Arrabal. Hasta el 6 de marzo de 2022.

Madrid.

Reparto: Haizea Baiges, Carmen del Valle, José Tomé, Rafa Castejón, Patxi Pérez, Sacha Tomé, Victoria Salvador, David Soto Giganto.

Dirección y versión: Helena Pimenta y Álvaro Tato.

"Shakespeare, como todo inglés de su época que se preciara, era un pirata – en este caso dramático. Y atreverse con él exige conocer bien el código de honor de la piratería, pero sobre todo exige saber sortear a los sheriffs del orden establecido.""

Hay que ser valiente para atreverse con Shakespeare. En ese camino, hecho para bucaneros y corsos, pueden detenerte todo tipo de alguaciles dramáticos: la lejanía en el tiempo de la obra original, las tramas imposibles, el lenguaje isabelino y no sé cuántos más. Shakespeare, como todo inglés de su época que se preciara, era un pirata – en este caso dramático. Y atreverse con él exige conocer bien el código de honor de la piratería, pero sobre todo exige saber sortear a los sheriffs del orden establecido.


Luego también se puede ignorar todo lo anterior e intentar una puesta en escena que nos permita alejarnos de la batalla, o establecerla desde buques grandes y pesados, llenos de cañones tradicionales, con munición de gran calibre.


Pero si hacemos eso, el bajel shakespeariano, ligero y sutil, se habrá esfumado y nuestras balas no podrán alcanzarlo. Hay que hacerse pirata para combatir con un pirata.


Y Álvaro Tato y Helena Pimenta intentaron hacerse piratas. Pero no del todo. Una escenografía muy ecléctica permitió momentos muy brillantes, como el que transcurre en la celda de Malvolio y su conversación con el bufón, y algunos momentos que chocaban con esa figuración tan imaginativa, como la del barquito que intenta navegar sobre los paneles de la escenografía principal, éstos últimos enormemente condicionantes y muy poco bucaneriles. Había una enorme cualidad pictórica en esta parte de la propuesta que una y otra vez anulaba la construcción dramática, aunque visualmente fuera muy efectiva.


También contrastaron algunos momentos de actuación convincentes, como el de José Tomé-Sir Toby, y otros inverosímiles como el de José Tomé-Orsino, curiosamente hechos por el mismo actor. Y la necesidad de utilizar a Sacha Tomé-Sebastián por parecido físico, cuando no fue capaz de generar un personaje, lo cual contrastaba enormemente con el ímpetu algo aleatorio pero eficaz de su supuesto doble Haizea Baiges-Viola-Cesáreo.

"Por eso, la obra se transformó para mí en un ejercicio constante de entrar y salir a ese mundo de enredo y encuentros amorosos imposibles."

Por eso, la obra se transformó para mí en un ejercicio constante de entrar y salir a ese mundo de enredo y encuentros amorosos imposibles. Entraba cuando Rafa Castejón-Malvolio-Antonio se contenía y a la vez enloquecía, pero salía cuando el slap-stick de Sir Toby y Patxi Pérez-Sir Andrew se hacía excesivamente hacia el público, aunque esto fue desapareciendo para volverse más equilibrado a medida que avanzaba la obra. Entraba de nuevo con la conspiración defendida con oficio por parte de Victoria Salvador-María. Y entraba y salía alternativamente según Carmen del Valle-Olivia iba ganando o perdiendo batallas contra la intensidad y su reverso oscuro, la sobreactuación. Comentaba con mi acompañante al salir definitivamente (o sea, al final), lo difícil que es hacer un mundo verosímil con una obra de Shakespeare. Por todos esos alguaciles de los que escribía al principio de esta crónica. En Gran Bretaña, la Royal Shakespeare Company los esquiva a base de intensidades altísimas, algunos golpes de gracia, y movimientos claros y escenografías esquemáticas y sin pretensiones más allá de la de servir a la escena. No es el colmo de la vanguardia, pero es enormemente efectivo a la hora de hacer un planteamiento coherente que redunde en una realidad escénica verosímil. Es el camino de los herederos del Pirata, que están más dedicados a mantener el botín obtenido que a seguir surcando los mares en busca de otros tesoros. El otro camino, el del desafío, está por explorar aún. Nosotros nos quedamos a medias en esta producción, entre el conservadurismo del teatro efectista y los destellos abundantes de ingenio. Quisimos ser piratas, pero majetes. Y no funcionó del todo, aunque sí lo hizo a ratos.



"... Estuvimos al borde de una poética durante algunos ratos. Rozándola con los ojos en la ya mencionada escena de la celda, y muy alejados en el número final. Cuando no era así, al menos nos quedaba el ingenio del Agitalanza en sus textos, especialmente en el bufón Feste-David Soto. "

Estuvimos al borde de una poética durante algunos ratos. Rozándola con los ojos en la ya mencionada escena de la celda, y muy alejados en el número final. Cuando no era así, al menos nos quedaba el ingenio del Agitalanza en sus textos, especialmente en el bufón Feste-David Soto, que me alegró la velada más que ningun@. Lástima, a ese respecto, que el bufón sólo abufonara la voz y la intensidad, porque uno no nace guapo y bienpeinao para acabar de bufón. O sea, a mí me hubiera gustado algo de transformación física, y lo digo porque era algo obviamente al alcance de su talento, y quizá hubiera profundizado en ese personaje aparentemente tonto y normalmente algo contrahecho que esconde dentro un tesoro, y es, por tanto, una contradicción con patas. Y ahora que lo pienso, esta ha sido la señal de la obra. Más transformación hubiera abierto un camino más interesante. Es decir, algo más de riesgo hubiera resultado en un verdadero asalto al reino del Gran Pirata y el botín consiguiente. Seguiremos navegando.



Esta obra sigue en escena. ¿Te gustaría verla?


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La no-poética del cliché.


Teatro Reina Victoria.

Madrid.


"Ni el teatro se agota en la gestualidad, ni la gestualidad es ya de por sí teatro."

La gestualidad y el teatro forman una pareja, como casi todas, contradictoria. Ni el teatro se agota en la gestualidad, ni la gestualidad es ya de por sí teatro. ¿Qué hay del gesto en el teatro? Depende de a partir de qué surja el gesto.


La propuesta inicial de El Tartufo de Ernesto Caballero me pareció muy interesante: el diálogo con la tradición. Jorge Eines dice en las 25 ventanas que la tradición es un estribo. Y que de la tensión entre el transmisor de la tradición, que es el texto, y todo lo que el texto no dice, y por lo tanto todo lo que hay que hacer, surge una visión nueva que no puede sino superar la contradicción que surge entre ese texto portador de una tradición de siglos atrás, y una forma de ser en el presente. Este Tartufo empieza preguntándose precisamente eso. ¿Cómo hacer hoy El Tartufo?


"Este Tartufo empieza preguntándose precisamente eso. ¿Cómo hacer hoy El Tartufo?"


Y en un giro esperado pero igualmente extraño, los intérpretes se ponen a pensar (y no a hacer, como cabría esperar de actores y actrices). Buscan, según la caracterización einesiana, lo metafórico y se retan a sí mismos diciendo: A ver si encontramos una forma de hacer un Moliere actual. ¿Cómo? Pues pensando y buscando significados. Y surge una jerga moderna que celebra lo reconfortante del lugar común. Ocurre en la criada Dorina, en los bailes, en la versificación tradicional en el resto de los personajes, en la gestualidad trabajadísima – pero no por ello menos conocida – de Pepe Viyuela (Tartufo y Madame Pernelle), en los aspavientos incondicionados que acompañan a un texto - y que popularmente se conocen como actuar - en una Mariana enseñando los pechos como referencia a una lucha legítima de nuestro tiempo y con algunas cosas más. Se mezcla todo lo anterior, se agita, se revuelve ... y a escena. A ver qué sale.


"Pepe Viyuela rescató la obra como él sabe: tirando de oficio ... si bien lo que él hace es intenso y es significativo, era él, y no Tartufo."

Y lo que salió fue una sucesión de clichés, frases hechas (modernas y antiguas) y gestos hechos, que intentaron parir una poética. Pero no ocurrió. Pepe Viyuela rescató la obra como él sabe: tirando de oficio, sea eso lo que sea. Y eso condenó aun más la obra a no tener un sentido, porque si bien lo que él hace es intenso y es significativo, era él, y no Tartufo.


"Pepe Viyuela ... contribuyó a que yo creyera que es posible no conformarse con los clichés. En este Tartufo él lo ha olvidado. O casi."


Pepe Viyuela causó un cambio en mi forma de entender el teatro. Hace unas décadas le vi haciendo un Shakespeare (tal vez La Tempestad) en el Teatro Abadía. Y él contribuyó a que yo creyera que hay más formas de hacer teatro. Y que es posible no conformarse con los clichés. En este Tartufo él lo ha olvidado. O casi.


Curioso, pero en esa forma de metaforización no surgió el puritanismo actual (el ideológico en política, el ecónomico y social que petrifica nuestras relaciones) ni la financiación de algunos sectores de las instituciones religiosas o de cualquier otro tipo (por ejemplo, los bancos) a base de absorber fieles pudientes y desplumarlos. Parecen temas más obvios en el Tartufo, y su actualidad es más profunda que la que se manifiesta en hacer giros léxicos actuales o citar de lejos a Femen. Ni rastro tampoco de la gran pregunta: ¿quién es ese Rey/Deus-exmachina que nos va a venir a salvar de los depredadores?


Y llegó el final.


En ese final – esos últimos 2 minutos - la cosa se empezó a poner muy interesante: Cuando lo cuerpos empezaron a ser libres de una gestualidad impuesta de forma acrítica (como si ser intérprete consistiera en gesticular mucho, dentro y fuera del teatro); cuando el baile frenético sustituyó el ponte aquí, y el haz esto de una dirección sin un horizonte claro por parte de Ernesto Caballero; cuando Pepe Viyuela se olvidó de sí mismo y sus certezas gestuales, y se subió a una escalera, por encima del pueblo danzante, y dejó que su cuerpo hablara de verdad; cuando todos los cuerpos, incluido el de Orgón, Cleanto, Valerio o Elmira se volvieron intensos sin histeria, sin gritos, pero con fuerza e implicación; cuando dejó de haber individuos dando vueltas en busca de su marca y su frase, y empezó a aparecer un conjunto de intérpretes trabajando su corporalidad bajo la atenta mirada de un Tartufo dominador – ahora sí, por fin, Tartufo - ; cuando apareció la promesa de una poética real, y comenzó a surgir una verdad escénica; ... entonces, se acabó la obra.


"... cuando dejó de haber individuos dando vueltas en busca de su marca y su frase, y empezó a aparecer un conjunto de intérpretes trabajando su corporalidad... "

Qué lástima. Precisamente en el lugar y en el momento en el que debiera haber empezado.


PD: El cartel muestra un Pepe Viyuela caracterizado de una forma que luego en la obra no aparece por ningún lado. Lo digo porque hay algo en mí de ese teatro que se resiste a ser consejo publicitario. Tal vez sea ese teatro que grita desde dentro: no todo vale.





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