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Teatro María Guerrero. Madrid.

Marzo 2021



Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach (a partir de ahora La Obra) es un éxito por aclamación. Las redes, el boca a boca, la taquilla, ... todas certifican la coronación de la nueva reina del escenario. Y escribir sobre ella es así más fácil, sabiendo que el premio al mejor triunfo del año es suyo, digan lo que digan los demás. Incluido yo.


"Hay guiños para todas las franjas de edad, para todos los gustos literarios, para todas las carreras o no-carreras estudiadas o no-estudiadas."


Y de eso quiero hablar. Del éxito.


Si buscan ustedes una referencia reconocible, algo que despierte la idea de que esa es su obra, La Obra (a partir de ahora L. O.) está llena. Hay guiños para todas las franjas de edad, para todos los gustos literarios, para todas las carreras o no-carreras estudiadas o no-estudiadas. Desde un aria hasta The Doors pasando por Arctic Monkeys. Desde un video-juego hasta Woody Allen, pasando por la vanguardia de la retaguardia del arte performativo. Después, todo consiste en rellenar los huecos con los chistes, muy brillantes. Desde un heraldo isabelino hasta un mimo de match de improvisación. ¿Lo quieren? Lo tenemos. Y además, rapidito.




"Parece que exportar este modelo al teatro es el gran reto de la dramaturgia actual. Ayudar a sentir mucho y deprisa. Que no pare."


Y de eso quiero hablar. De la tele-cine.


En L. O. (a partir de ahora Atraco, paliza etc) todo se sucede con gran velocidad, como si por fin hubiéramos encontrado la clave para fusionar dos enemigos irreconciliables: el teatro y la cine-tele. La acción, esa palabra maltradada en los apellidos cinematográficos y olvidada en el teatro, es hoy – en una versión descerebrada - la reina. Así que, para tener éxito, hace falta velocidad. Proponer mucho contenido, muy deprisa. Si además ocurren cosas vistosas y aparatosas, aún mejor. Parece que exportar este modelo al teatro es el gran reto de la dramaturgia actual. Ayudar a sentir mucho y deprisa. Que no pare. Además, para que sea aún más entretenido, todo tiene que parecer verdad. Real. De la vida.



"... con que haya un intérprete creando un personaje habrá teatro. Sin eso, hay una exposición o una muestra. Pero teatro, no."


Y de eso quiero hablar. De teatro.


El hecho nuclear del teatro es lo que le ocurre a un@ o vari@s intérpretes en un escenario. Es decir, la interpretación. Todo lo demás es accesorio. Puede faltar la escenografía, o la música, o incluso el guión. Aún así, con que haya un intérprete creando un personaje habrá teatro. Sin eso, hay una exposición o una muestra. Pero teatro, no. La revolución de Atraco, paliza etc (a partir de ahora Senén) no está en la interpretación. Vi intérpretes de escuela, haciendo a veces ejercicios de escuela, otras match de improvisación, otras veces simplemente gesticulando e imitando la vida.



"Agbanäspach propone algo maravilloso: disfrutar de las sensaciones de la revolución sin cambiar nada."


Y de eso quiero hablar. De la revolución.


La revolución es hija del deseo de cambio. La reacción lo es de la pregunta ¿para qué que cambiar? Senén (a partir de ahora Agbanäspach) propone algo maravilloso: disfrutar de las sensaciones de la revolución sin cambiar nada. La fórmula es esta: un guión cinematográfico extremadamente ingenioso (el verdadero valor de la obra), con referencias a todos los estratos culturales posibles, y con una sucesión de giros en la trama a un ritmo vertiginosos y sin filtro alguno en la sucesión de eventos. Pero en vez de rodarlo, se pone en escena. Y contínuamente se hacen referencias metateatrales y metacinematográficas, desde citas de otras obras (incluso en la propia escenografia y en la forma de hacerla) hasta fueras-de-obra como el episodio de los subtítulos. ¿Deconstructivismo? Sí, por qué no. O al menos, apariencia de serlo, porque ... ¿qué se deconstruye?



Y de eso quería hablar. De Agbanäspach.


Hay un lugar de ensueño, en el que todo puede ser. Fuera y dentro a la vez. Viejo y nuevo a la vez. Bueno y malo a la vez. Profundo y superficial. Todo junto. En el que los guiones se modifican a medida que avanza la obra. Y hay un lugar en el que se triunfa, porque se escenifica una obra que gusta muchísimo y te permite seguir haciendo lo que quieres, como quieres. Dentro y fuera de escena. Es un lugar en el que la imaginación y la audacia de poner en escena todo lo anterior, ocurre. En la escena del escenario y en la del público. Y ese es Agbanäspach.


"la revolución consiste en querer ser intérpretes que rompen con la vida para crear personajes sólidos"


Hay un lugar en el que la revolución consiste en querer ser intérpretes que rompen con la vida para crear personajes sólidos, más allá de una rusa que es rusa porque habla con acento ruso imitado; más allá de dos protagonistas sin conflicto, cuyo personaje es bueno porque es natural, de la vida misma. En el que la escenografía quiere ser más que un decorado ingenioso, y el vestuario más que una decoración. En el que el público recibe algo profundo y sale transformado, además de divertido. Y ese no es Agbanäspach.


"Me lo pasé muy bien en Agbanäspach. Fui feliz y me reí muchísimo."


Me lo pasé muy bien en Agbanäspach. Fui feliz y me reí muchísimo. Me entusiasmé con algunos de los giros en la trama, y me encantó el absurdo de muchas partes de la propuesta. Albet y Borrás son, sin duda, dos personas con un talento descomunal, y disfrutan de un éxito merecido y trabajado. Y me sumé al aplauso general con la convicción de que era lo mejor que veía en mucho tiempo. ¡Ah, el éxito!


Pero cuando salí de Agbanäspach volvió a invadirme la sensación de otra oportunidad perdida. Tanto mayor, cuanto mejor era el punto de partida.


En Agbanäspach el éxito y la revolución teatral española son lo mismo.


Pero fuera ... no.


Vissi d’arte, vissi d’amore,

non feci mai male ad anima viva


Con man furtiva

quante miserie conobbi aiutai.





¡Esta obra termina el Domingo 21 de Marzo!

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Dirección de Aina Tur

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Links:



Teatro Maria Guerrero: https://cdn.mcu.es/temporada-actual/




Teatro La Latina

Febrero 2021



Cada representación teatral a la que acudo me hace preguntarme qué es teatro. Hace tiempo que elegí el tipo de respuesta que más me gustaba. Fué cuando descubrí que había formas de concebir la interpretación de forma técnica, y por ende repetible. Inevitablemente cada vez que veo una propuesta teatral me pregunto qué tiene que ver con aquello en lo que creo, y si el hecho de que no se parezca lo hace menos teatro.


La respuesta es, por supuesto, que no. Ni deja de ser teatro, ni lo es en menor medida. Pero sí señala hacia una conciencia del teatro algo más alejada de parámetros técnicos, y por lo tanto artísticos, de lo que yo querría para el teatro español.


Aún más, ¿cómo abordar la reseña crítica de una obra dirigida por Mario Gas e interpretada por Josep María Pou? La propia obra me lo indica: escojo la vía ciceroniana, y por respeto a lo que considero la verdad, y aún así intimidado por una carrera espectacular de Pou y Gas, y unos logros que me asombran por lo abundante y respetado, me pongo a ello.


En primer lugar agradezco lo que la puesta en escena me enseña. Y también agradezco en su nombre lo que la gente joven con la que fuí aprendió de ese monstruo de la política y la prosa que era Cicerón, y de su época. Sólo por eso ya mereció la pena ir. Si además esa información se ligó sutilmente aquí y allá a nuestra era, entonces es aún mayor mi agradecimiento y el de mis acompañantes.



Pero el teatro no es pedagogía. ¿Qué decir, entonces, de la obra como teatro? Creo que la entrada ya anuncia lo que viene después: una labor algo anticipada y ansiosa en lo gestual nos precipita en la palabra. Y a partir de ahí asisto a 70 minutos de primacía de lo verbal. Cicerón está en la palabra y ahí se queda. No está mal, teniendo en cuenta que Cicerón fue un orador prodigioso. Pero, como decíamos, esto es teatro, y es una lástima que se quede en eso, porque el planteamiento es interesante: unos estudiantes reciben una visita en la biblioteca en la que preparan un trabajo. Es un señor que dice ser el mismísimo protagonista de ese trabajo: Cicerón. Dada la aberración espacio-temporal que esto supone, el conflicto está servido. A partir de ahí la obra se debiera convertir en un intento de los chicos por deshacerse del loco impostor, y en una lucha por parte de éste para seducir a los chicos con su conocimiento y su retórica, hasta lograr convencerlos de que sí es el mismísimo Cicerón encarnado. Y de cómo lo hacen cada uno de ellos para lograrlo. El texto de Ernesto Caballero debería haber ayudado, porque es dramático y bien escrito, y ha sabido hacer un Cicerón humano y actual.


Los rostros de mis héroes, históricos o de ficción, se difuminan en mis lecturas, hasta que alguien con suficiente presencia los encarna. Y entonces no se borran. Tengo que agradecerle a Pou que pusiera cara a Cicerón.


Pero, Oh témpora, oh mores, los cuerpos rara vez se pusieron en juego. La palabra aplastó sistemáticamente todo intento de construcción de un personaje en el cuerpo de los intérpretes. Cuando eso le pasa a Pou, sus recursos naturalizantes, su intensidad y su presencia hacen que consiga mantener a flote un Cicerón orgánico. Los rostros de mis héroes, históricos o de ficción, se difuminan en mis lecturas, hasta que alguien con suficiente presencia los encarna. Y entonces no se borran. Tengo que agradecerle a Pou que pusiera cara a Cicerón. Pero sus jóvenes acompañantes no tienen esa presencia o esas tablas, y fueron poco creíbles en demasiadas ocasiones. La muerte de Tulia (a manos de María Cirici) parecía hecha para la radio, y tanto la gestualidad como la voz de Alejandro Bordanove se caían una y otra vez para recordarnos que no son lo que quieren ser, porque querían decirse como personajes, pero no intentaron hacerse.



Eché de menos un arco claro en el conflicto, creciente, que tal vez hubiera tenido un climax diferente si Cicerón hubiera compartido su sueño cargado de ectoplasmas con sus jóvenes acompañantes. Pero dirigir desde la barrera siempre es más fácil, y en todo caso tengo que agradecer que mi Viejo Amigo Cicerón me haya dado para pensar y cuestionarme tantas cosas. Aunque siga soñando con una renovación exigente desde el punto de vista técnico del teatro español.


El público, ese ser cambiante e imprevisible, parece tener comportamientos diferentes según a qué obra vaya. Esta vez estuvo muy bien. Atento y receptivo, hubo reacciones poco ansiosas, comentarios discretos y poco abundantes, y supo premiar con un aplauso decidido pero contenido una función que merecía precisamente eso. Esta vez me sentí orgulloso de ser público.






¡Esta obra termina este domingo 14 de marzo!

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Links:




Ernesto Caballero en El País: https://elpais.com/noticias/ernesto-caballero/


Teatro Galileo

Enero 2021


La Lengua en Pedazos parte de un texto intenso, cuidado y escrito con conocimiento y con alma. A estas alturas no es necesario decir mucho más de Juan Mayorga, porque su carrera, larga y fructífera le preceden. La puesta en escena, bajo la dirección del autor, está hecha con el oficio enorme de dos buenos intérpretes, no tanto por el resultado, como por la búsqueda de la que son capaces.



Y es que además de belleza textual e intensidad interpretativa, también llamaban desde la oscuridad de lo no-hecho algunas oportunidades perdidas:


Será tal vez por razones extra-teatrales, pero no acabé de ver un esfuerzo completo y terminado a la hora de mostrar a alguien como yo – un espectador - una obra con una tensión creciente, y una resolución clara consecuencia de esa tensión. No cuento más por no anticipar con palabras lo que debe verse en el escenario, pero no vi claro el tránsito del inquisidor desde su posesión de la verdad acrítica hasta la seducción final. Parece que ocurrió de golpe. ¿No era ese el gran motivo de la obra? Un inquisidor que quiere convencer si puede, o destruir si lo anterior falla. Y una monja díscola que no quiere dejarse doblegar sin más razón que la autoridad pura y dura. El conflicto aparece todo el rato, desde el primer momento. Pero yo no lo vi evolucionar. Me faltó el viaje.



Era expresivo, sin duda, pero... ¿de qué?


Me desconcentraron algunos de los males endémicos del teatro español: una expresividad a fogonazos, en ocasiones claramente desligada del personaje. No entendí los cambios en la emisión vocal de Clara Sanchís, hasta el punto de que a veces parecía borracha por la forma de colocar la mandíbula. Se dejaba ir por una laxitud que me afectaba, porque me sacaba del personaje. Era expresivo, sin duda, pero ... ¿de qué? Sin embargo, cuando acometía con decisión, aunque no fueran momentos de mucha explosión, era fantástica y dejaba de ser Clara Sanchís para pasar a ser Santa Teresa. Me pasaba igual con el inquisidor, interpretado por Daniel Albaladejo. Había momentos de gesticulación manual que, yo al menos, no ligaba ni al personaje ni a la relación con su compañera. Y me sacaban de la obra. Sin embargo cuando su presencia intensa y su cuerpo se hacían cargo, aparecía un inquisidor temible. En ambos casos, tanto la voz de ella como las manos de él, parecían aún envueltos en un esfuerzo de improvisación para encontrar qué hacer, y a veces acababan en subrayados (digo “pienso” y me señalo la cabeza; digo que estoy leyendo y leo con las palmas las manos) que están por debajo de las muy evidentes capacidades de los intérpretes. No parecían un resultado final. Al final, no son males de nadie en particular, sino del teatro en España. A veces la ansiedad de la búsqueda de un resultado nos precipita y en vez de cortar verduras golpeamos una tabla.



Me gustó la propuesta de convento de La Loca de la Casa, y me pareció ligeramente desaprovechada e incluso a veces algo apresurada. Me quedé con ganas de ver más veces a las compañeras de Santa Teresa, y de disfrutar del juego de hacerlas aparecer y desaparecer.


Indudablemente la puesta en escena mereció la visita al teatro. Una historia de confrontación entre la verdad expresiva y la verdad represiva. Entre la franqueza sincera y humilde de la visionaria y el recato estéril de la autoridad, necesario para mantener el poder establecido. Y un texto verdaderamente hermoso.



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Links:




Juan Mayorga en Madrid Es Teatro: https://madridesteatro.com/juan-mayorga/


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