top of page
  • Pinterest
  • Black Facebook Icon
  • Black Twitter Icon
  • Black Instagram Icon

Publicaciones Recientes

Teatro de La Abadía. Abril 2021.

"En la hora y media de Descendimiento la única posibilidad es no intentar entender."

Voy a experimentar cómo se hace un texto de seudocrítica teatral sobre una posible acción performativa-instalativa. La performance no es teatro. No se quiere como teatro. No pretende serlo pero navega en sus límites. Hay poesía (Descendimiento, de Ada Salas), pero no es poesía porque aparece limitada por un recitado casi documental. Hay cuerpos pero no personaje. Hay atrezzo pero no es entorno. Hay vestuario pero fragmentado. Hay sonido. Pero no es teatro. No puedo, entonces hacer una seudocrítica teatral. Sin embargo está en el Teatro Abadía, y hay un director y hasta un programa. La intención declarada del autor es la de llevar el texto a escena, pero no hacer teatro con ese Descendimiento.


"La presentación fue una sucesión de acontecimientos unidos por un texto poético. Algunos puramente estéticos, como la hermosa nube textil. Otros en representación del diálogo constante de su no-autor con el rito religioso de nuestra tradición."

Voy, entonces, a hacer un texto de seudocrítica no-teatral sobre una posible acción performativa-instalativa. Pero ¿por donde empezar en un arte que quiere ser conciencia crítica del arte, y por lo tanto quedar fuera sin salir de él? Quizá hablando de su lugar en el límite. La búsqueda del límite de la expresión es difícil jugarla en un teatro físico. Con sus recursos sonoros, lumínicos, escénicos. Quizá el límite estaba en la forma de conjugarlos todos ellos. Si es así, eso estaba conseguido. La presentación fue una sucesión de acontecimientos unidos por un texto poético. Algunos puramente estéticos, como la hermosa nube textil. Otros en representación del diálogo constante de su no-autor con el rito religioso de nuestra tradición. Pero las palabras se fugan hacia la descripción cada vez que intento decir qué viví en descendimiento, dado que describir una parte es desmerecer el todo.




"El Niño de Elche transmite tanto y tan deprisa que justifica, mal que le pese, toda la obra. Su voz envuelve y seduce."

Habrá, por lo tanto que hacer un texto de no-seudocrítica no-teatral sobre una posible acción performativa instalativa. Si uno se deja llevar en Descendimiento, la voz aparece ubicua, y aplasta todo texto. El Niño de Elche transmite tanto y tan deprisa que justifica, mal que le pese, toda la obra. Su voz envuelve y seduce. Los músicos fueron auténticos intérpretes en todos los sentidos, y las composiciones tan sencillas como gigantes. Tanto fue así que los cuerpos – todos – quedaron más representados por las transiciones para ordenar y recoger el velo o sacar atrezzo, que por otra cosa. No hubo acción, si no en la forma de no-accionar. Ni siquiera en los momentos finales de dejarse ir.


"Los músicos fueron auténticos intérpretes en todos los sentidos, y las composiciones tan sencillas como gigantes."

"... hay un umbral a partir del cual la pluralidad del sentido se vuelve inaprensible..."

Nos queda, si esto es así, hacer un texto de no-seudocrítica no-teatral sobre una posible no-acción performativa-instalativa. Pero ¿qué decir sobre una disciplina que escapa al sentido? En la hora y media de Descendimiento la única posibilidad es no intentar entender. Tarea imposible en esta parte del espectro de las especies, dado que es nuestra seña de identidad específica. La estrechez en el sentido de una obra nos puede aburrir por defecto. La dispersión del sentido se vuelve interesante a medida que propone viajes diferentes por mundos diferentes. Pero hay un umbral a partir del cual la pluralidad del sentido se vuelve inaprensible, y el mundo de lo posible desaparece. E, igual que nuestra atención, lo performativo-instalativo se difumina más allá de las palabras y queda entre paréntesis.


Buscaríamos, pues, un texto de no-seudocrítica no-teatral sobre una no-posible no-acción (performativa-instalativa):


Una piedra en la boca

Y no pueden hablar

Lo que han de decir los sobrepasa

...

Lo que digo es más grande que yo Ada Salas, Descendimiento


Pero eso es, ya de nuevo, Descendimiento.


Y, finalmente, sólo puedo hacer un no-texto de no-seudocrítica no-teatral sobre una no-posible no-acción (performativa-instalativa). Aquí está:






¡Esta obra esta en escena hasta el 24 de Abril!

Para comprar entradas, sigue el link:




¿Quieres ver más críticas?

Échale un vistazo a nuestras publicaciones anteriores:

El Principe Constante

Dirección de Xavier Albertí

Teatro de la Comedia


Fariña

Dirección de Tito Asorey

Teatro Cofidis Alcázar


Atraco, Paliza y Muerte en Agbanäspach

Dirección de Nao Albet y Marcel Borrás

Teatro María Guerrero



Links:


Teatro Español:


El Principe Constante Página Web:


Entrevista con Ada Salas:







Teatro de la Comedia. Marzo 2021.


"... este arte está en el cuerpo. Si lo físico se hace pequeño, el teatro se hace pequeño. Si se hace desaparecer, desaparece el teatro. Si se niega el cuerpo ... inevitablemente se niega el teatro."


No hay teatro. Busco, y busco, y no lo encuentro. He estado 120 minutos delante de un posible escenario, sobre el que hay posibles actrices y actores. Pero no hay teatro.


El teatro es cuerpo desde que es teatro. Su condición de posibilidad es la irrupción de un personaje - el arte de un@ o varios intérpretes - ante un@ o vari@s espectador@s. Y este arte está en el cuerpo. Si lo físico se hace pequeño, el teatro se hace pequeño. Si se hace desaparecer, desaparece el teatro. Si se niega el cuerpo ... inevitablemente se niega el teatro.


Entonces, ¿por qué he pasado 120 minutos bajo la ilusión colectiva de estar viendo una representación de El Príncipe Constante? Creo que es porque compré una entrada, fui a la sala en el día y hora anunciados, y me senté en mi butaca.


"Las manos de L. Homar y de J. Rodríguez temblaban a veces en sus brazos rígidos, caídos, inmóviles, como si quisieran romper un maleficio y ponerse a hacer cosas."

Pero lo que ocurrió luego me dejaba la sensación de que no había teatro: apagaron las luces, advirtieron lo de los móviles, y ... nada. Salieron un@s intérpretes, en su mayoría indistinguibles por la utilización de un vestuario con un rango tacaño de formas y colores. Y hablaron. Y siguieron hablando. Las manos de L. Homar y de J. Rodríguez temblaban a veces en sus brazos rígidos, caídos, inmóviles, como si quisieran romper un maleficio y ponerse a hacer cosas. No ocurrió. De nuevo ¿por qué?



Pensé que, tal vez, pudiera ser un homenaje a una posible sobriedad original en el propio Calderón y sus puestas en escena. Pero no. Cosme o Del Bianco ayudaron a Calderón a crear puestas en escena elaboradas y en algunos casos mágicas. Así que, en todo caso, lo que yo estaba viendo sería una negación de Calderón, nunca su reivindicación.


"Discutir con alguien abandonando el debate no es discutir, es huir. Proponer una técnica de la interpretación anulando al intérprete no es proponer. Es negar la propia técnica. Y, por ende, al intérprete."

Luego pensé que podría ser una forma de diálogo agónico/crítico con las puestas en escena anteriores; una confrontación con Goethe, Meyerhold, o Grotowski, por mencionar sólo algunos. Pero tampoco podía ser eso, porque es imposible debatir con alguien si tu propuesta está vacía. Discutir con alguien abandonando el debate no es discutir, es huir. Proponer una técnica de la interpretación anulando al intérprete no es proponer. Es negar la propia técnica. Y, por ende, al intérprete.



"... sin trabajo interpretativo todo esto queda, quizá, como algo hermoso; bello en su sencillez, tal vez; pero ... no es teatro."

Entonces, quizá se trataba de un intento de aplicar un concepto minimalista a El Príncipe Constante. Pero si la máxima-cliché del minimalismo es “menos es más”, hay algo que no ha funcionado, porque, aquí, menos es aún menos. El Minimalismo es una defensa de la metonimia, mediante la cual se generan mundos enteros a partir de una de sus partes más humildes. Pero tiene que haber parte. Y allí había una escenografía sobria. Había una propuesta de efectos sonoros cinematográficos en directo. Había una propuesta de vestuario, probablemente diseñado de forma maravillosa, pero muy parca. Y puede que eso, como fondo de un trabajo actoral, hubiera funcionado. Pero sin trabajo interpretativo todo esto queda, quizá, como algo hermoso; bello en su sencillez, tal vez; pero ... no es teatro.



Seguía buscando respuestas. Entonces busqué en la página de la CNTC y encontré una posible respuesta a todo lo anterior. El Plan Director actualizado no lo encontré, pero sí me di cuenta de que en el párrafo que define qué es la Compañía Nacional de Teatro Clásico, se ha utilizado el texto que define la Misión del Plan Director anterior:


“... es la institución de referencia en la recuperación, preservación, producción y difusión del patrimonio teatral anterior al siglo XX, con especial atención al Siglo de Oro y a la prosodia del verso clásico.”

"Lo esencial del teatro ... no puede ser la prosodia, a riesgo de que acabemos convirtiendo las representaciones teatrales en recitales poéticos ligeramente dramatizados."

El subrayado en prosodia es mío. Y es que puede que esta sea la clave. Tal vez lo que estaba en la mente del dramaturgista, o del director, fuera poner especial atención a la prosodia. Les pido encarecidamente que cambien esta definición. Lo esencial del teatro del Siglo de Oro, como del resto del teatro español o universal, no puede ser la prosodia, a riesgo de que acabemos convirtiendo las representaciones teatrales en recitales poéticos ligeramente dramatizados. Y acabemos sustituyendo la construcción de los personajes por entornos bellos.


Puede que el conflicto de El Príncipe constante tenga que ver con la negación del cuerpo. Tanto o más que con la glorificación del no-tan-nuevo humildísimo y soberbio héroe cristiano, opuesto a los descerebrados héroes clásicos de la Tragedia. Pero deben estar representados en toda su dificultad. De lo contrario, estamos dando por supuesto ese conflicto antes de presentarlo. Y así no hay teatro.


"... se dejó pasar una gran oportunidad. Todos esos medios, grandes intérpretes, propuestas elegantes ... merecen muchísimos más riesgos."

En este Príncipe Constante de la CNTC tuve, de nuevo, la sensación de que se dejó pasar una gran oportunidad. Todos esos medios, grandes intérpretes, propuestas elegantes ... merecen muchísimos más riesgos. Y menos prosodia. Es cierto que, si me quedo quieto, el riesgo es menor. Pero no es teatro. Meyerhold resumió esta crítica de forma magistral:


En relación con el teatro ... éste exige, ante todo, acción.”



¿Quieres ver más críticas?

Échale un vistazo a nuestras publicaciones anteriores:


Fariña

Dirección de Tito Asorey

Teatro Cofidis Alcázar


Atraco, Paliza y Muerte en Agbanäspach

Dirección de Nao Albet y Marcel Borrás

Teatro María Guerrero


Viejo Amigo Cicerón

Dirección de Mario Gas

Teatro La Latina



Links:


Teatro Español:


El Principe Constante Página Web:


Teatro Cofidis Alcázar

Febrero 2021



"A la mierda mis principios inmutables sobre la esencia de la interpretación. Y gracias a Fariña por permitirme enviarlos a ese viaje."

“No se si me encanta o me espanta” es una frase que sirve para indicar la reacción a algo que, aunque está claro que no te deja indiferente, no sabes si es para bien o para mal. Me la enseñó una amiga hace ya años, y aunque yo no la uso, me parece una referencia interesante porque señala a esa incomodidad que hacen sentir las obras ambiguas.


Fariña abre con una procesión de intérpretes hacia el escenario. Van saludando, y veo que conocen el recurso del teatro contemporáneo de romper la barrera con el espectador. No sé si es para provocar una actitud crítica. Creo que no, porque no hay un uso metódico del recurso. Inmediatamente después, nos revelan el género de la obra: uno de los actores recita un dato. Sin personaje, sin aparente interpretación. Así que el género está claro, y se verá corroborado a lo largo de la hora y cincuenta minutos escasos que dura Fariña. Es, sin duda, un docudrama.


"Es, sin duda, un docudrama."

Durante la primera mitad siento en varias ocasiones que mis ideas sobre qué es teatro se difuminan. Y eso se lo agradezco. A pesar de que en demasiadas ocasiones es a costa de ver algunas escenas que me transportan a una presentación de Bertín y Arévalo o de Los Morancos. No tengo nada en contra de éstos, y no me gusta el elitismo seudointelectual que arrumba espectáculos como si fueran “arte degenerado”. Pero las señales que habia recibido antes de ver la obra no apuntaban ahí, y supongo que eso generó algo de frustración.



La obra es una sucesión de datos, cuadros costumbristas y alegorías sobre la historia cierta de la evolución del contrabando en Galicia, desde el tabaco hasta la drogaína. ¿Es teatro? Lo cierto es que hay escenas y hay interpretación. Pero son cuadros, y no hay una continuidad dramática. Y no es por experimentación, ni por posmodernidad. Es que la opción de Tito Asorey, el director, es contar la historia sin centrarse en un personaje o en un conflicto determinado, y hacer algunas alegorías aderezadas de vídeo y audio. Hubo fuegos artificiales dramáticos a tutiplén, lo cual certifica, como un sello de denominación de origen, su carácter marcado de teatro español.


"La obra es una sucesión de datos, cuadros costumbristas y alegorías sobre la historia cierta de la evolución del contrabando en Galicia, desde el tabaco hasta la drogaína."

Los intérpretes me encantaron. No es mi tipo de interpretación, pero su intensidad y su frescura me invitaron a seguir allí en los momentos de más dudas. Sostener lo que sostuvieron sobre el escenario fue heroico, y tengo que reconocer que todos ellos me llegaron dentro, a algún lugar entre el corazón, el estómago y la cabeza. Y me alegro de haber aguantado en la butaca, porque hubo momentos interesantes y muy intensos. Hubo música en directo, en algunas ocasiones buena. Y al final, salí con una sensación extraña. ¿Me encantó o me espantó? Salí contento, así que de alguna forma me gustó. Después de mucho pensarlo, creo que ese sentimiento era un premio al morro que le echaron los intérpretes y al oficio que mostraron sin decaer en ningún momento. A la mierda mis principios inmutables sobre la esencia de la interpretación. Y gracias a Fariña por permitirme enviarlos a ese viaje.


"Los intérpretes me encantaron ... su intensidad y su frescura me invitaron a seguir allí en los momentos de más dudas."



A estas alturas ya sabrán que Fariña proviene de una serie homónima que a su vez proviene de un libro homónimo, ambos de éxito (sea eso lo que sea). La tarea, con esos antecedentes, no era fácil. Aún así, hubo presencia. Y de nuevo quiero resaltar que, por encima de la dirección que resolvió con oficio algunos puzzles interesantes, por encima de la propuesta escénica, interesante aunque algo ruidosa en todos los sentidos incluida la escenografía, y por encima del diseño de luces, el mérito es de los 5 intérpretes que se la jugaron allí para dar sostén a una estructura complicada de sostener. Y ahora lo entiendo todo. Me gustó Fariña precisamente por ell@s. Teniendo en cuenta el valor radicalmente central que me han enseñado a adjudicar a los interpretes en el teatro, me alegro de que fuera así. Si algo puede salvar una obra en apuros, son ell@s.




PD: El (XXXX) público.


Hago mención diferenciada del público porque en este caso fuimos, en nosotros mismos, una obra aparte. Los intérpretes deberían habernos aplaudido a nosotros, dado el show que tenía lugar en la parte del espectador. Fue uno de esos días en los que me convencí sin dudarlo de que es más importante que nunca establecer una Escuela de Espectadores. Abandonando mi natural poco represivo, incluso creo que se podría establecer un código del espectador que, de ser roto, obligara al infractor a hacerse un curso básico en la escuela.


La cosa no empezó bien. Dos filas delante una persona humana (creo) hablaba sin parar con la máscara por debajo de la nariz. Algo le dijeron. Pero se la colocó, tardó 2 segundos en bajarse, y allí se quedó. No soy histérico al respecto. Pero había algo de desprecio en la actitud.


"... las risas eran a volumen máximo, de forma que cualquier intento de matiz era imposible."

Al empezar la obra, según se apagaron las luces, en las filas delanteras había un grupo de espectadores que se reían antes de que nadie dijera o hiciera nada. Anticipaban los chistes, y hacían esa carrera - tan típica en conciertos - que se llama “a ver quién aplaude primero” y que estropea siempre, y sin remedio, las notas finales y el goce de ese silencio último. La anticipación ansiosa duró toda la obra. Entera. Y las risas eran a volumen máximo, de forma que cualquier intento de matiz era imposible.


En no menos de 5 ocasiones, en no menos de tres lugares distintos en el patio de butacas, pude ver a gente sacando su móvil y ... chateando. No, no era para mirar la hora. El manejo era inequívoco, y la duración también. Impresionante. A toda luz. Sin complejos. Una de las personas era la misma persona de la mascarilla. No me importa que lo hagan, pero me molesta que me desconcentren, y esa luz es muy desagradable.


"En no menos de 5 ocasiones, en no menos de tres lugares distintos en el patio de butacas, pude ver a gente sacando su móvil y ... chateando. No, no era para mirar la hora."

Detrás de mí, una joven pareja pasó la práctica totalidad de la obra comentándola. Mis peores miradas asesinas no sirvieron para nada. Comentarlo con ellos tampoco. Por lo visto no conocían la diferencia entre un teatro, el salón de su casa y un restaurante con pantalla para ver el fútbol. De nuevo, un comentario aquí y otra allá me parecen lógicos y yo lo hago. Pero un comentario constante me desconcentra y me saca de la obra.


"Por lo visto no conocían la diferencia entre un teatro, el salón de su casa y un restaurante con pantalla para ver el fútbol."

Para acabar, y omitiendo algunas otras anecdotillas no tan intensas, cuando llegó la hora de los aplausos se pusieron en pie y aplaudieron a rabiar con vítores. La persona de la mascarilla y el móvil también. Los jóvenes comentaristas también. ¿A quién aplaudían, si no podían haberse enterado de nada, dado el nivelón de sus actividades extracurriculares? Lo de siempre. Ovación pase lo que pase, que para eso hemos pagado. Lo peor de Fariña, lamento decirlo porque me encantaría algo mejor para el teatro español, fue el público.


Necesitamos urgentemente esa Escuela de Espectadores.





¡Esta obra termina el Domingo 11 de Abril!

Compra tus entradas siguiendo este link:



¿Quieres ver más criticas?

Échale un vistazo a nuestras publicaciones anteriores:


Atraco, Paliza y Muerte en Agbanäspach

Dirección de Nao Albet y Marcel Borrás

Teatro María Guerrero



Viejo Amigo Cicerón

Dirección de Mario Gas

Teatro La Latina


La Lengua En Pedazos

Dirección de Juan Mayorga

Teatro Galileo



Links:



Teatro Español:


Fariña Página Web:


Director Tito Asorey:


¡Subscríbete!
Mantente al tanto de nuestras últimas publicaciones.

¡Gracias!

elmonoinfinitoblog@gmail.com  |  Tel: 649 990 956

  • Pinterest
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
bottom of page